Parecía florcita. Parecía de esas violetitas que requieren de un gran cuidado. Y lo tenía. Era capaz de florecer, de renacer. Y lo hacía, contando las etapas de su vida, había renacido ya, varias veces. Tenía su palacio morado como lo imaginaba, era la reina de ahí, pero solo de ahí. Sofía vivía como vivaz y alegre ratón entre kilos de queso… tal cual. Pero salía de ése y por suerte, sabía que esperar. Cual ratón fuera de su madriguera, era probable presa de cazadores, veneno, trampas muchas, escalables nada más, con un poco de astucia y valentía.
Creciendo en el paisito de los sueños interrumpidos, tenía los suyos muy latentes, sin lucha alguna para lograrlos y esperando que le lleguen, haciéndolos crecer más y más con la esperanza permanente de la inexistencia del destino y caminando al compás sonoro del reloj, de un reloj digital.
Cargando experiencias tan sublimes como una tonelada de aplausos y tan pesados como una frustrada violación sexual, era una mujer más en ese cándido mundo de fé y amor. Era de todas partes y en todas partes tenía amigos, verdaderos y transitorios, entre ellos, deslices que la hacían cuestionar su estado que le daba tanto orgullo: ser mujer.
Como una flor de fango, vivía limpiamente entre el lodo, entre la nada. Tenía lo necesario, ¡claro!, vivía y crecía; su afán de superar los retos lo hacía superior por sí solo. Ensimismado y completamente introvertido era capaz de mover multitudes si lo quería, las limitantes que se había trazado para con la gente le daba tiempo para nutrirse de ellas y alimentarse con documentos que encendieran su imaginación, que le dieran ideas para sus insanos deseos. Su bondad manchada por el desdén con el que había sido tratado, era ahora un puñado de rencor en busca de reconocimiento, más no de venganza. Su empedrado camino hacía de él alguien más fuerte, más capaz, Leandro, como un amish, desconocía de las bondades que le ofrecía su entorno no inmediato, la evolución de su espacio.
Su rincón con zancudos y telas de araña era para él lo más confortable, no se permitía lo insultaran más, no se dejaba ya empujar… él ya estaba ahí, donde caería si lo empujaban. Su orgullo se centraba en su futuro y lo soldaba con insolubles nudos, con fuertes lazos, caminaba con la firmeza que le daban sus botas viejas, herencia de su único ser querido, su abuelo, alguien que terminó, como él quiere ser: un verdadero hombre.
Al pasar por los sanitarios del supermercado donde trabajaba, escuchó Leandro un llanto femenino salir del baño de hombres.
En la pausada búsqueda de la realización de sus sueños, Sofía buscaba lo mejor para ella, no siempre lo lograba, y su única salida a su inútil frustración era un poco de música y alcohol.
Consideraba en sus paredes moradas que entre sus capacidades como mujer estaba compensar sus cobardías con vicios… pero esa concepción estaba terminando gracias a un ‘revelador sueño’ (como ella lo llamaba), moría de cirrosis hepática.
Leandro, como parte de su obsesión por conocer las extrañas cosas que le pasaba a la gente, quedó expectante ante el sonido que había escuchado, y al pasar de dieciocho minutos de estar limpiando los mismos setenta y seis centímetros de un estante, salió la sonriente Sofía, una señorita de no más de un metro sesenta, con cuerpo bastante regordete y vestida como caballero con blusa. Salió para sentarse sola, otra vez, en una de las mesas de la cafetería, a escribir en una pequeña libreta… ¿qué escribirá, que le pasará, qué esconderá?
Faltan cinco minutos y llega el descanso. -¿Me acerco, le hablo?- piensa Leandro mientras va con su azafate con comida hacia las mesas, se le acerca, pero no lo logra, queda de espaldas a ella sin lograr siquiera alguna conexión visual. -Ni modo, no sabré qué le pasa- Cuando llevaba media torta, Sofía se levantó -ya no queda ni una esperanza-, es la hora de la cena y el lugar está lleno, una bandeja, una mujer y un ¿puedo? interrumpen sus divagaciones y le dan una sonrisa.
Era Sofía, no había espacio para sentarse y cuando fue a comprar su comida había sido ocupado su lugar, Leandro era el único solo. –Dicen que las tortas aquí son lo mejor, ¡vamos a probar!- dando una mordida y provocando una leve sonrisa en el casi gélido rostro de Leandro, Sofía y él, ese día empezaron a ser amigos. Luego de cinco tortas cada uno en dos semanas, quedaron los dos en el común acuerdo de visitar la playa de noche.
Riéndose y confesando sus más grandes deseos llegaron al lugar donde ya entrada la noche, pasaron los límites de la amistad.
Las escasas ocasiones en que se veían eran para intimar. Cada uno conocía los deseos del otro, sus odios, sus temores, sus lunares. Uno era con el otro todo lo que soñaba: un hombre real con limitantes y capacidades apreciadas y reprochadas justamente, fuerte, sentimental; ella, una mujer con espacio para opinar, para levantar, para destacar y con los baches que aporta la realidad.
Con el particular hedonismo de un joven soltero, ambos maquinaban un porvenir conjunto de bienestar y bonanza construido por los dos y para los dos. Reconocían dentro de su mundo que seguían siendo individuos, y en la búsqueda de un existir único pretendían seguirse respetando como tal, para eso tenían claro sus responsabilidades y poderes, entre ellos, seguir haciendo eso que los hacía tan ellos: unos buenos, felices y perfectos solitarios.
Sofía perseguía la solidificación de su orgullo y entre tanto despojo de telarañas… cayó, cedió… el nombre Rómulo siempre le pareció perfecto para su hijo… esta embarazada.
Leandro, excelente compañero, actuó conforme el tiempo y la circunstancia permitió.
Nació un bebé, lindo, sano y feliz.
Procuraban sus padres concederle cada uno de sus deseos, suplirle sus necesidades. Rómulo estudiaba en uno de los mejores colegios, tenía muchos buenos amigos, gozaba de una constante observación medica y buena alimentación que lo mantenía saludable, su casa y su cama eran todo lo suficiente y hasta más para descansar, salían al campo, a la playa, al bosque, a la montaña, donde la familia, a museos, al parque, a la biblioteca, y se le compraba todo lo deseado: ropa, golosinas, frutas, jugos, juguetes, y hasta tenía piscina en su casa. Contemplaban posible sus padres cualquier situación para satisfacer todo lo que aquel necesitara para desarrollarse y salir adelante…
Sabía Sofía que esa situación era un imposible. Leandro, un profesional que fue un estudiante sobresaliente de la administración de empresas, trabajaba como tendero en un supermercado local, mientras que ella, una juvenal y destacada periodista había sido destituida por la puesta pública de hechos de corrupción por un reconocido político del partido en el poder, trabaja ahora, en un centro de apoyo no gubernamental para jóvenes en riesgo, con remuneración suficiente para la supervivencia de una sola persona, lo que la hacía pensar con más fuerza que sus derechos como mujer estaban siendo desplazados y reemplazados por nada, ninguna garantía de vida, y ahora, manejando la dialéctica como su mejor y más grande herramienta, hizo ver a Leandro lo grave de la situación.
Eran sobre todo justos, no con ellos pero si con todos y eso era parte importante para haber tomado la elección de ser solos, de ser ellos. La concepción de justicia era para ellos, el punto para ser dos, y era esa misma la que los cercaba a seguir siendo solos, pues consideraban su soltería el mejor espacio para crecer y ayudar a crecer, repudiaban ver madres solteras, niños con hambre, gente sin empleo, considerando que seguir pariendo hijos era arriesgar a una nueva vida a vivir en un medio sin posibilidades, sin justicia, sin derechos.
Y entonces, ellos, perseguidores y defensores de los derechos, quitaban el más grande. Rómulo no nació.
Violeta Vasquez/El Icaro.
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